Mariana es divorciada y tiene una hija que vive con ella, de 12 años de edad.
David es divorciado y tiene la tenencia compartida de su hijo, de 13 años de edad.
Mariana y David pasan todos los fines de semana juntos y han pensado que es hora de forma una familia, planificando una convivencia permanente.
En los cuentos de brujas de nuestra infancia, los hijos de ambos serían entre “hermanastros”.
Es decir, no son hermanos ni medio hermanos. No tienen vínculo sanguíneo alguno pero “se supone” que serán tratados como quasi-hermanos.
Pero sucede que la niña, está con todas sus hormonas en ebullición, se siente sumamente atraída por el chico que también está en pleno despertar sexual.
Los padres de cada uno tienen claro que entre los chicos – mínimamente – “hay onda”.
No se trata de un “amor fraternal”, sino un deseo erótico, un enamoramiento, un flechazo, como quieran llamarlo.
Si Mariana y David comienzan a vivir juntos como concubinos, sus respectivos hijos compartirán la casa al menos la mitad de la semana.
Juan Eduardo, el ex esposo de Mariana, enterado de la situación, la amenazó con pedirle judicialmente la tenencia si se van a convivir todos juntos.
El – a su vez – convive ya con una mujer divorciada que es la mamá de una compañera de colegio de su hija.
Las niñas eran compinches en una época, pero ahora los celos las mantienen en constante pelea.
La hija de Mariana y Juan Eduardo, por supuesto, está en terapia.
¿Quién dijo que es fácil ser hija/o de padres divorciados?