El primer objetivo de este documento es presentar el contexto en el que emergen las nuevas masculinidades para realizar aportes efectivos a la lucha de las mujeres frente a la violencia de género. Se mostrará en el primer momento del texto que las nuevas masculinidades no implican un tipo de ideología, sino una filosofía práctica e incluyente que pretende ayudar a establecer relaciones sanas entre los hombres y sus contextos.

Posteriormente se presentarán algunos ejemplos que  muestran la forma en que el desarrollo de las tecnologías, y la creciente tendencia a la digitalización del mundo, han realizado aportes positivos a las formas de construir relaciones de poder entre hombres y mujeres.

Se mostrará la forma como los fundamentos filosóficos de las nuevas masculinidades permiten construir una ética en la cual la relación con la Otredad no está supeditada al cumplimiento de unas normas estrictas frente al ejercicio de la sexualidad, ya que lo que prevalece en dicha ética es el respeto de las libertades y la valoración del Otro como sujeto deseante.

La crisis del patriarcado y el surgimiento de las nuevas masculinidades

En sus inicios los estudios de género fueron impulsados de manera exclusiva por feministas, las cuales realizaron grandes aportes teóricos y prácticos a la lucha de emancipación de las mujeres del ámbito doméstico, y posibilitaron su entrada al mundo laboral y académico. En los inicios de este movimiento la figura masculina era solamente objeto de críticas, sin considerarse que los hombres también podían hacer aportes al establecimiento de relaciones sanas y productivas entre hombres y mujeres.

Pero en un mundo en donde se pretende cambiar las dinámicas de establecimiento de las relaciones entre los seres humanos no se puede excluir a ningún grupo por razón de sexo, raza o religión, por lo cual era un error la exclusión de los hombres de la lista de actores por la equidad de género, ya que ellos eran los directos implicados en la situación de vulnerabilidad a la cual eran sometidas las mujeres.

Es entonces, a finales del siglo pasado –y con la intención de pensar las implicaciones políticas y económicas del ser hombre y sumarse al trabajo por reivindicar los derechos negados a las mujeres- como nacen las nuevas masculinidades, pretendiendo aunar fuerzas al trabajo de erradicación de la violencia como característica de las relaciones de los hombres. Los hombres comienzan a tomar conciencia de que la masculinidad patriarcal es un arma de doble filo, ya que los privilegios que otorga tienen un precio muy alto, que se hace tangible en la mutilación de  toda una multiplicidad de posibilidades de manifestación de la masculinidad, que van desde el cercenamiento de la manifestación de sentimientos o emociones, hasta el tomar como fundamento de las relaciones la imposición de la fuerza y la violencia. Comienzan a tomar conciencia de que, como menciona Foucault, “el sexo es el elemento más especulativo, más ideal y también más interior en un dispositivo de sexualidad que el poder organiza en su apoderamiento de los cuerpos, su materialidad, sus fuerzas y sus placeres[1]”.

Hay que mencionar que la masculinidad tradicional no tiene efectos negativos únicamente en el sujeto que la ejerce, sino principalmente en el contexto cercano, lo cual se evidencia  en la desvaloración de la mujer como ser que piensa y siente, y la negación de otras formas de vivir la masculinidad (incluso un hombre no es un niño ni es un viejo).

Tradicionalmente la masculinidad ha sido una categoría limitada y cerrada caracterizada esencialmente por el poder, la violencia y la provisión. Más allá de la cultura, parece prevalecer como factor común del hombre, el rol de abastecedor y de dirigente, y su definición se lleva a cabo a partir de las diferencias frente a lo femenino. Solo se ha legitimado un modelo de hombre, orientado por unas normas únicas, y dirigido hacia un solo objetivo: asumir la dirección de la familia triangular. Hasta hace cincuenta años, para las mujeres estaba reservado, de manera exclusiva, el campo doméstico, ocupándose ellas principalmente de las tareas familiares y de acatar las directrices provenientes de “la cabeza del hogar”.

En un contexto fatigado por la doble moral comienzan a gestarse las nuevas masculinidades, las cuales hoy deben ser concebidas como una nueva visión de mundo mediante la cual los hombres deconstruyen todos los imaginarios que indican roles fijos y limitantes, además de ser concebidas como una filosofía práctica que posibilita fundar nuevos principios éticos para la construcción de las relaciones de los hombres con su medio. Según esta nueva visión de mundo no se pretende hacer encajar a los hombres en ningún modelo preestablecido, ya que la masculinidad es concebida como una categoría que está expuesta a constantes cambios, que puede ser nómada y que nunca es estática, ya que su fundamento se construye desde lo experiencial.

Los grupos de hombres que comienzan a alejarse de la hegemonía como fundamento de las relaciones, no conciben las nuevas masculinidades como perspectivas dogmáticas ni como ideologías cerradas, sino que la postulan como una forma de llegar a acuerdos que partan del respeto por las diferencias, para confluir en la producción de subjetividades en el contemporáneo mundo digitalizado.

Pero ¿De qué manera se relaciona la forma de vivir la masculinidad con la digitalización de las actividades? ¿De qué forma un mundo digitalizado cambia los paradigmas de las dinámicas de la masculinidad y la feminidad?

Las nuevas tecnologías y su aporte a la desterritorialización de la masculinidad patriarcal:

Las nuevas tecnologías que se fundamentan en la digitalización de las actividades posibilitan acortar las distancias de los roles asignados tradicionalmente a hombres y mujeres. De esta manera la automatización de las tareas y los avances de la genética han representado una bofetada para los tradicionalistas que consideran que la superioridad del hombre sobre la mujer tiene fundamentos biológicos. Este apartado pretende, mediante dos adelantos científicos conocidos durante el año 2016, realizar una crítica de la construcción de la masculinidad en la contemporaneidad.

Primero es necesario señalar que en un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Carolina del Norte se demostró que Los hombres tienen menos fuerza que hace 30 años[2]. En dicho estudio se explica que los índices de fuerza de los hombres de hoy en día no son los mismos que hace 30 años, es decir, que la automatización de las actividades está pasando facturas al cuerpo masculino al tiempo que está permitiendo a las mujeres el ingreso a áreas de la industria que eran concebidas únicamente para los hombres.

El capitalismo contemporáneo junto con las condiciones económicas y sociales críticas de las últimas décadas, no podían seguir dejando a las mujeres por fuera de las dinámicas de explotación, y es que la industria contemporánea se fundamenta en la operación de movimientos repetitivos, más que en grandes esfuerzos físicos. Las mujeres constituyen la mitad de la población, por lo cual el tan criticado liberalismo económico les posibilita sumarse al engranaje de producción industrial, con lo cual éstas comienzan a incorporarse como piezas indispensables del sistema económico vigente.

Los niveles de fuerza física han dejado de ser un elemento mediante el cual se puedan calcular los niveles de masculinidad o feminidad, y es que cada día la ciencia realiza aportes para zanjar las diferencias entre labores de hombres y de mujeres.

Por otro lado, en Nueva York nace el primer humano con ADN de tres padres[3]. La hazaña no se realizó con el objetivo de retar la monogamia impuesta a la naturaleza, sino con la intención de curar un desorden genético que impedía a una mujer ser madre.  Esta epopeya genética abre posibilidades a unas nuevas formas de concebir la paternidad y la maternidad, y nuevas formas de concebir la familia misma.

El surgimiento de las nuevas masculinidades señala también la crisis por la cual atraviesa otra institución: la crisis de la familia burguesa. El concepto de familia en la actualidad no hace referencia de manera exclusiva a la relación que se puede establecer entre el padre, la madre y sus hijos, sino que la vida real sigue imponiéndose como reto a esta institución coercitiva. Hoy en día podemos hablar de familia para hacer referencia a la relación que existe entre dos madres y un hijo, entre un abuelo y su nieto, entre un tío y su sobrina, o entre un único padre o madre soltera y su infante.  Mencionan Guattari y Rolnik:

El territorio se puede desterritorializar, esto es, abrirse, en líneas de fuga y así salir de su curso. La especie humana está sumergida en un inmenso movimiento de desterritorialización, en el sentido de que sus territorios ‘originales’ se rompen ininterrumpidamente con la división social del trabajo, con la acción de los dioses universales que ultrapasan las tablas de la tribu y la etnia, con los sistemas maquínicos que llevan a atravesar, cada vez más rápidamente, las estratificaciones materiales y mentales[4].

La desterritorialización de la masculinidad patriarcal significa abandonar la categoría, vaciarla, destruirla y reconstruir lo masculino a partir del respeto de las subjetividades como fundamento.  La desterritorialización implica un reterritorialización, una reubicación del rol masculino en un campo inmanente en el cual no hay un único modelo, sino que existe un nomadismo sin modelos productor de subjetividades; lo anterior significa que la categoría “masculinidad” tiene la posibilidad de reconstituirse y abrirse al mundo desde una nueva perspectiva que tome como eje la corresponsabilidad al establecer relaciones.

El pensar la masculinidad debe ser una apertura a la deconstrucción de los paradigmas propios, es decir, un enfrentarse al desaprender conductas y comportamientos anclados en determinismos biológicos que están distanciados de la realidad del mundo globalizado contemporáneo. Es necesario cerrar este apartado mencionando que para el estudio y análisis de las masculinidades la primera desterritorialización que hay que ejecutar es aquella de los pensamientos y de la conciencia, es decir, hay que iniciar con el convencimiento de que las mentes de hombres y mujeres están colonizadas por todo un sistema patriarcal que mutila a los seres humanos al encasillarlos en roles cerrados.

Apuestas de las nuevas masculinidades. Fundamentos éticos y filosóficos de la masculinidad.

El objetivo de las reflexiones de las nuevas masculinidades es el tomar como fundamentos formas nuevas de establecer relaciones entre los hombres mismos, con las mujeres e incluso con la naturaleza.  Para cumplir dicho objetivo es necesario partir del hecho de que no existe un tipo único de masculinidad, pues la construcción de ésta depende siempre del sujeto que la direccione.

El modelo de masculinidad patriarcal legitimado como normal no puede hacer verdaderos aportes a las colectividades, ya que su género es construido a partir de imposiciones y limitaciones, a partir de normas que aparecen mostrando el estandarte hacia el cual debe dirigirse el hombre. Una subjetividad, masculina o femenina, que parta de la represión y de los bloqueos pasionales y psicológicos,  no puede constituirse como una pieza idónea de un mecanismo social, por lo cual la calidad de sus aportes puede preverse desde el análisis de su génesis.

Los hombres contemporáneos que nos sumamos a la categoría de nuevas masculinidades hacemos un balance entre los privilegios del patriarcado y las desventajas que implica el ser hombre, convenciéndonos de que la masculinidad tradicional trae consigo más un conjunto de limitaciones, opresiones, imposiciones, obligaciones y restricciones, que son dañinas en todas las direcciones.

La masculinidad no debe ser concebida como un problema exclusivo para los estudios de género, ya que la carga teórica de dicha noción tiene múltiples puntos de encuentro que interactúan con la política, con la economía y con la ética, fundamentando todo  un entramado de relaciones que confluyen en la construcción de la hombría. La categoría contemporánea de masculinidad debe ser concebida como epicentro de la producción de subjetividades, y el deseo, las atracciones, deben constituirse como el único motor que permita sus movimientos.

Como conclusión se puede decir que el objetivo final de pensar las masculinidades en la actualidad es replantear las formas en que los hombres se relacionan con su medio, es decir, que aprendan a ser esposos cómplices y a redistribuir la autoridad del hogar, que sean padres dispuestos a escuchar, y seres humanos prestos a respetar las diferencias.

Jair España Galán

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Referencias bibliográficas:

Diario El Espectador. Nace el primer humano con ADN de tres padres (27 de septiembre de 2016). http://www.elespectador.com/noticias/ciencia/nace-bebe-adn-de-tres-padres-articulo-657248

Diario El Tiempo: Los hombres tienen menos fuerza que hace 30 años. (17 de septiembre de 2016). Recuperado de http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/salud/hombres-tienen-menos-fuerza-fisica/16704510

Foucault, M., Historia de la Sexualidad. La Voluntad de Saber. Siglo Veintiuno, Madrid, 1992.

Guattari y Rolnik, Micropolìtica. Cartografías del deseo. 1996

[1] Foucault, M., Historia de la Sexualidad. La Voluntad de Saber. Siglo Veintiuno, Madrid, 1992.

[2] Diario El Tiempo: Los hombres tienen menos fuerza que hace 30 años. (17 de septiembre de 2016). Recuperado de http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/salud/hombres-tienen-menos-fuerza-fisica/16704510

[3] Nace el primer humano con ADN de tres padres (27 de septiembre de 2016). http://www.elespectador.com/noticias/ciencia/nace-bebe-adn-de-tres-padres-articulo-657248

[4] Guattari y Rolnik, Micropolìtica. Cartografías del deseo. 1996: 323