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 Igualdad e igualitarismo

Temas de Género - Mujeres

Si los primeros versículos del Génesis hubieran sido escritos a partir del siglo XX, con los actuales conocimientos sobre genética y neurofisiología, probablemente no hubiera sido Adán el primero en ser creado por Dios y, a partir de su costilla, Eva haber tomado vida. Más bien al contrario: Adán habría sido creado a partir de Eva, en concreto por la deleción de parte de uno de los cromosomas X del par 23, quedando desde entonces la dotación genética del hombre caracterizada por el par no autosómico XY. Esta “fabulación”, permítanme la licencia, igual no habrá gustado a muchos y sí a muchas. O quizá no.



Hombres y mujeres no somos iguales. Nos diferenciamos a nivel genético, morfológico, hormonal y neurológico. Y ello implica también que nuestras conductas, psicologías y capacidades emocionales sean distintas. Lo cual no quiere decir que un sexo sea mejor que el otro. Todo lo contrario: son complementarios y no competidores.

Son muchas las evidencias científicas que han demostrado que somos conducidos, dicho llanamente, por nuestra fisiología y por el sistema nervioso. No se trata de revalidar la teoría reduccionista para dar una explicación empírica mensurable y demostrable de todo lo que le acontece al ser humano, pero sí hemos de reconocer que biológicamente estamos predestinados, hablando en términos estadísticos, a compartir conductas en función de que seamos de uno u otro sexo.

Por supuesto que la cultura, la religión, el ambiente social y la educación influyen para moderar los comportamientos más complejos y para alcanzar niveles de reflexión, de comprensión, de reconocimiento o de altruismo más evolucionados. Pero no olvidemos que estos últimos suelen ocuparnos un porcentaje de tiempo muy pequeño en relación con nuestras conductas primarias de satisfacción de las necesidades de autoprotección, de relación y de reproducción. Y éstas son básicamente reguladas por los sistemas reptiliano (o primitivo) y límbico, encargados de tomar decisiones inmediatas y garantizar la continuidad de la especie.

La razón reside en el neocórtex, donde hay mayor aglomeración de células nerviosas, pero allí los impulsos nerviosos llegan tras haber sido filtrados por los dos sistemas anteriores. Su poder de prelación sobre éstos depende de la situación a la que se haya de dar respuesta y sobre la capacidad de autocontrol. Así, seremos capaces de analizar el escenario y sus condiciones antes de tomar una decisión aun cuando vayamos en contra de nuestras propias emociones.

Y es también aquí donde se establecen las diferencias entre hombres y mujeres, cuyos roles no son estrictamente sociales sino que dependen de su propia naturaleza, derivados de las estructuras neuronal y endocrina. Todos sabemos de la existencia de hormonas femeninas y masculinas responsables de la diferenciación sexual y del papel reproductor para cada uno de ellos. Y ello implica en los hombres unas conductas primarias más o menos estables y, en las mujeres, cíclicas ligadas a los períodos de menstruación y de gestación.

Además, nuestro sistema nervioso central, compartiendo el mismo número de neuronas, tiene claras diferencias como es el tamaño y el peso del cerebro, la densidad de conexiones entre hemisferios cerebrales (a través del cuerpo calloso), el flujo sanguíneo, la simetría o asimetría funcional de los lóbulos frontales, la concentración de neuronas en determinadas áreas, como las responsables del lenguaje, de la visión espacial, de la conducta sexual o del sistema de propiocepción, por citar algunas de ellas.

Estas divergencias hacen que los hombres solucionen los problemas centrándose en el objetivo mientras que las mujeres presten más atención al proceso y aprecien mejor los detalles. Los primeros se orienten mejor espacialmente, en cambio las segundas tengan más memoria y aptitudes para el lenguaje y la percepción de las emociones ajenas. El hombre, por otro lado, sea capaz de una mayor concentración y más apto para las matemáticas y la música. Y, por citar el último ejemplo, la plasticidad del cerebro de la mujer sea mayor y envejezca más lentamente que el del hombre.

Esto no hace a un sexo ser más dominante, sobresaliente o inteligente que el otro sino que, en términos generales, nos prepara para relacionarnos con nuestro entorno (natural, personal y familiar, laboral y social) con diferentes habilidades, que se irán potenciando o moderando en función del rol que toque desempeñar, de la educación recibida y del entrenamiento para determinadas competencias. Cualquier cultura, sea más o menos avanzada tecnológicamente, ha ido ajustando el papel social que desempeñan hombres y mujeres en base a su propia evolución, a sus creencias religiosas y a la interacción con el medio y con otras civilizaciones. Pero en todas ellas, la propia fisiología ha ayudado a que determinadas tareas sean asumidas o impuestas en función del sexo.

Las marcadas diferencias que históricamente han hecho que la mujer tenga un papel secundario con respecto al hombre, sobre todo en el terreno laboral y familiar, se han querido compensar con leyes, ministerios, consejerías e institutos que pretenden la igualdad y, sin embargo, están consiguiendo desigualdades. Debemos defender que todos tengamos los mismos derechos, deberes, oportunidades, responsabilidades, remuneraciones y trato para ser iguales. En cambio, a regular accesos con cupos, discriminar positivamente o favorecer concesiones en función del género, se le llama igualitarismo, no ayudando a que hombres y mujeres ocupen el lugar que les corresponde por su valía o aptitud. Por tanto, se promueve justo lo contrario: la discrepancia y el agravio, incluso para con el mismo sexo.

Desde la administración todo se reduce al lenguaje no sexista y a equiparar los porcentajes de ocupación de determinados puestos. En cambio, no se fomenta la difusión de lo que nos caracteriza diferencialmente para conseguir el respeto y la complementariedad de nuestras capacidades. Sólo conociendo, reconociendo y aceptando lo que nos distingue a hombres y mujeres sabremos encontrar la forma de que la igualdad deje de ser un tema de conversación o de regulación y pase a ser una realidad cotidiana.

José Manuel Navarro Llena

Otros Caminos s.l.
http://www.otroscaminos.com/




 

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